Hora del café de la oficina

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cafe_averageHora del café en la oficina.

No necesito consultar el reloj. El súbito revuelo de mis sentidos, anticipa la proximidad del placentero momento. Pronto, desde muy cerca, llegará la voz que, cada mañana,  anuncia la hora del café en average.es.

Debería teclear esta palabra. Sin duda, en el diccionario de la Real Academia, en la Enciclopedia Libre Universal, y en otras publicaciones oficiales, y blogs del mundo entero, encontraré el origen y los múltiples significados del vocablo café. Será muy instructivo, pero lo haré después. Ahora es tiempo de saborear la deliciosa bebida; por otro lado, me distrae una repentina interrogante: ¿qué significará el café para esa única persona de la oficina que no lo toma?

Para algunos de nosotros, este primer café (solo o con leche, frío o caliente, con o sin azúcar, en taza o en vaso,  acompañado de tostadas o de bizcochos) es el aplazado desayuno. Para otros, es ese deseado o necesario, segundo o tercer café del día. Mas, para quienes acostumbramos a beberlo, cualquier café siempre suele entrañar otras  sensaciones comunes, y tan ciertas, como su poderoso estímulo y  su agradable sabor. Este de la oficina, por ejemplo, tiene el memorable regusto de nuestras fraternales reuniones en torno a la cafetera,  de esos momentos de compartir, de estar cerca.

cafe_averageCreo que a quienes acostumbramos a beberlo, aún antes de regalarnos su amargo dulzor y el vigorizante efecto de su cafeína, el café siempre nos proporciona además cierto calor de hogar, promesas, prosperidad, bienvenidas, despertares, sueños. Pero, me pregunto si acaso puede representar tanto para quien nunca se ha atrevido a beberlo, para quien lo contempla con recelosa admiración, como si fuese el café un brebaje embrujado, un prohibido licor. Es este el caso de nuestra colega. Desde luego, no me extraña que a ella le encante el olor del café: es casi imposible no enamorarse de un aroma tan seductor.  Lo que me intriga es esta peculiar devoción suya.

¿Debería preguntarle? Tal vez, ella no tenga respuesta, o no quiera desvelar su misteriosa causa. Puede que tampoco hoy, ni nunca,  se decida a catar el café, pero alguna explicación ha de tener esta especie de dependencia, ¿no creéis? Ella parece no poder evitar estar pendiente de que en la oficina no nos falte un buen café; ser quien, todos los días, se adelante a preparar la cafetera; ser la primera en aspirar el olor a café recién colado. Suya es esa esperada voz de cada mañana. Siempre las mismas palabras. A punto estamos de escucharlas.

– Eh compis, ¿un café?