Dedales de goma, por favor.

Dedales_de_goma

dedales_de_gomaDedales de goma, por favor.

Un dedal no es mucho pedir, ¿no?  Sí, porque no me refiero a uno de esos primorosos y simbólicos dedales de fina porcelana o  de preciosos metales,  o a esos otros fabricados en serie como suvenires; ni siquiera pretendo hacer alusión a los clásicos utensilios empleados en labores de costura,  o a los dediles u otros protectores de dedos, sino sólo a los dedales de goma.

No deberíamos desestimar el valor de los sencillos dedales de goma. Además de un eficaz medio de protección para tareas manuales, estos dedales nos permiten evitar ser  ejecutores o víctimas de la práctica de esa vieja, desconsiderada y nada higiénica costumbre de ensalivarse los dedos. Por qué negarlo: todos hemos caído en ésta alguna vez. Hasta quienes procuramos contenernos, con frecuencia nos vemos tentados de llevarnos a la boca nuestro índice con el fin de, por ejemplo, abrir una de esas, a veces muy rebeldes, bolsitas plásticas de los  supermercados o, sobre todo, para conseguir despegar algún papel.

Afortunadamente, en la oficina no se ve a nadie hacer tal cosa. Los escritorios de average.es están bien servidos de dedales de goma.  En cambio, fuera de aquí, raro es el día que no me toca presenciar ese siempre chocante acto; aunque, cierto es también que,  unas veces el cuadro es mucho más desagradable que otras. Me resulta muy distinto ver a una madre aplicar este método para borrar (¿limpiar?)  un churrete de la mejilla de su niño, que aceptar otras visiones, cuanto menos, desprovistas de la sabia ternura implícita en el maternal gesto.

dedales_gomaTampoco me causa la misma impresión ver a alguien humedecer un dedo para pasar la página de un libro de su propiedad, que la de una revista u otro impreso de uso público. Desde luego, no pretendo insinuar que debamos llevar un dedal a todas partes, pero sí la posibilidad de contener el impulso de efectuar el  feo gesto o, cuando sea pertinente, la de recurrir la ayuda de otros métodos. Para muchas situaciones, supone una fácil solución hacer uso de unos cómodos dedales de goma, o incluso de otros útiles con igual propósito, basados en la humectación. Todos deberíamos reparar en las consecuencias de dicho hábito, sobre todo, por el bien de nuestra salud; no en vano, los autores de varios crímenes, reales y de ficción, se han valido de esta costumbre como arma homicida.

Puede que no lleguemos a enfermar, ni a morir envenenados, pero, acaso a vosotros no os provoca también, como poco, cierta repulsión recibir un documento, cuya esquina ha sido recién ensalivada por un funcionario; o recoger el impreso de un anuncio comercial, tocado por la baba de su repartidor; o aceptar el húmedo billete de un vendedor que, frente a vuestros ojos y sin pudor alguno, ha sacado media lengua para mojar su dedo antes de extraer de la caja de caudales o del fajo guardado en el bolsillo de su pantalón, el correspondiente dinero de cambio, con toda probabilidad, ya untado de otras salivas. Sin ir más lejos, ayer en la mañana he visto a un frutero repetir ese gesto para despegar el papel de envolver los racimos de uvas de sus clientes. ¿Tanto les costará a estas personas, tener un poco de consideración y, si ya no de intentar contenerse, al menos, sí de hacer el favor de emplear unos dedales de goma?