Lapices

Lapices-de-colores¡Larga vida a los lápices!

Visto está que hemos abandonado el ejercicio de la caligrafía por la comodidad de los teclados. Sabemos quién es el rey de nuestros escritorios, mas, al menos en el mío, los lápices están por todas partes, y no sólo porque son mi útil de oficina favorito, sino porque no hay día que no precise del socorrido servicio de alguno. Desde luego,  aquí en average.es tenemos la suerte de disponer de los mejores, de poder elegir el idóneo, o el que se nos antoje: Staedtler, Faber-Castell, Bic, Stabilo…

Probablemente, muchos de nosotros relacionemos estos y otros nombres, a distintos materiales, además de a lápices de determinados colores, formas y propósitos; tal vez, nos suenen a un objeto de lo más cotidiano o, en cambio, nos hagan evocar lugares y momentos significativos de nuestras personales historias. Hay quien ya se cuestiona la futura utilidad de los lápices, pero supongo que serán pocos quienes se nieguen a reconocer que cualquier lápiz, por sencillo que fuese, ha sido y  seguirá siendo –quiero confiar- durante largo tiempo, uno de nuestros más tempranos y sorprendentes amigos. Lo mismo si son negros o multicolores, cilíndricos o triangulares, de grafito o de carbón, blandos o duros, todo lápiz a los ojos de un niño, es un mágico juguete, y el paciente y milagroso obrador de sus primeros garabatos y palabras.

No sé si también en los vuestros, pero en mi colegio todos nos tomábamos muy en serio nuestros propios lápices, muy en especial aquel preferido: el de la mina oscura, resistente al peor de los sacapuntas y a las caídas; ese capaz de soportar mordiscos e improntas, y cuyo borrador no dejaba borrones, ni se desprendía de su casquillo; ese que escribía a nuestro gusto, aun cuando estuviera ya muy gastado,  casi inasible. En mi clase todos estábamos dispuestos a defender un buen mocho a capa y espada.

Imposible olvidar la emoción ante la, por entonces, eventual oportunidad de estrenar un lápiz. He de confesar que, pese a mi vieja fascinación por los lápices, de niña, los nuevos me resultaban imponentes, desafiantes. Pero no era más que una impresión, desde muy niños aprendemos cuán frágil y generosa es esa naturaleza de tan rígida y magnífica apariencia; también muy pronto descubrimos su interior: los lápices son todo corazón. ¡Cómo no quererlos siempre con nosotros!

10 noviembre, 2015
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¡Larga vida a los lápices!

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